P-1 Cap.1

PARTE I

ZACKIEL Y JOFIEL



CAPÍTULO I






Y ahí estaba, con una presencia inmejorable y totalmente descalzo. Sin dejar de mirar fijamente a los ojos de la pareja, casi simultáneamente incrustaba la mirada en cada par de ojos. La fiereza de aquella aparición robó a Liss y Elroy toda capacidad de interlocución, se miraron entre si y volvieron a escudriñarlo descaradamente.
―No te preocupes, basta con que no le veas demasiado. ― atendió Lissa sin nada más que la poca elegancia de su atuendo y con plena indiferencia ante la magnificencia que su compañero vio en el recién llegado. ― Me llamo Lissa, encantada. ― Al estrechar la mano del hombre de mirada renegrida todo el entorno pareció oscurecerse, sin que Lissa lo notara. Tomó de las manos del inquilino el ligero equipaje y lo aventó sobre el sofá.
―Y yo soy Elroy, el novio de Lissa. ¿Vas a rentarlo o sólo quieres ver qué cosas puedes venir a robar más tarde? ― la voz salió ruda desde la boca de Elroy mientras apoyaba sus brazos en la mesa de cocina y ocultaba su lamentable desnudez. ― No es que sea desconfiado, es que las cosas están así de mal.
Ambos convivientes le miraron a la espera de una respuesta que les incomodaba desde que colgaron el aviso de renta de cuarto. Pero que aun así, no les impidió buscar un inquilino.
―Quiero el cuarto, me urge algo donde dormir. ― susurró Zack sin dejar de estudiar a su alrededor.
―Entonces, ¿traes una cama? ―la sonrisa sarcástica de Elroy le robó a Zack una mirada perdida y sin ninguna preocupación.
―¡Elroy! ¡Eres un tarado! ― masculló Lissa detenida entre ambos varones que cruzaban sus miradas. ― Te llevaré al cuarto, Zack. Debes recordar que si le prestas demasiada atención, acabarás como él. ― prosiguió indiferente mientras caminaba delante del recién llegado. Ignorando si le observaba por delante de él, abrió la puerta de la habitación y estirando el brazo le señaló el ingreso. ― La ducha está al fondo del pasillo, hay que compartirla. La cocina ya la viste y bueno, creo que has visto más de lo que está rentado.- señaló sonriente y despreocupada.
―¿No le importa a tu hombre que yo esté aquí? ― adicionó Zack con la voz mucho más grave que al llegar, volteó su cuello hasta ver a Lissa directo a los ojos, frunció el seño y sumergió sus manos en los bolsillos.
―Lo más probable es que esperara a un panzón perdedor, con pelos en la frente y hediondo a morir. Pero es algo con lo que tendrá que vivir. ― a Lissa le venía bien flirtear con quien fuera, un hombre, un animal, un insecto. Lo que importaba era la renta y no su galantería, si es que eso era. ― Si quieres cualquier cosa estaremos en la cocina. ― volvió a señalar mientras salía de la pieza y caminaba por el pasillo.
La postura rígida de Zack, permaneció inmóvil de pie en medio de la habitación, escudriñando ávidamente su alrededor, la visión térmica le mostraba aquellas vitales manchas de calor, deslizó su cuello hasta el balcón y vio la magnificencia de la ciudad y sus pululantes tibios.
Desde su morral cogió el teléfono celular y seis remeras negras, que tendió en los ganchos del armario. La prolijidad con la que acomodaba cada una era excesiva, al tiempo en que sacudía el mechón blanco de su frente con un leve soplido hacia arriba.
La piel pálida y de aspecto sedoso reflejaba la luz de la mañana como si de cerámica se tratara. Su total aspecto, casi crudo, podía ser fácilmente deseable, era una perfecta criatura de fuego cubierta de hielo.
La severidad contenida en sus ojos, resultada ser una especie de tósigo, un veneno del que puedes beber con tan solo mirarle demasiado, pierdes la noción y de pronto te encuentras observándole como un pervertido desde los pies a la cabeza, sin importar si eres macho o hembra. El apetito por analizarle era general. No existía una superficie gravitacional en su entorno, sólo era él levitando disimuladamente en la atmosfera turbia de las miradas que le rodeasen y estudiasen.
Tomó nuevamente el teléfono y deslizó su dedo glacial por la pantalla, entrando toda su atención en la labor y frunciendo el ceño. Llevó entonces el aparato hasta su oído, despejando el oscuro cabello desde la oreja con un sensual movimiento de su cuello.
―¿Llegaste? ― se oyó una ronca voz al otro lado de la línea.
―Estoy aquí, la habitación estaba vacante. Llamaré en doce horas. ― masculló Zack cercano al receptor de voz empañando parte de la superficie de la pantalla con la humedad de su aliento algo tibio.
―No te olvides de marcar, la cosa se está poniendo fea.
―Dudo que se me olvide, me has marcado treinta y dos veces. ― concluyó Zack antes de colgar la llamada y mirar el teléfono con antipatía. ― La cosa…―pronunció molesto.
Desde las afueras del apartamento penetraba en sus oídos un desagradable e inusual sonido, lo que le hizo girarse exaltado y abordar el balcón con afán, no sin tropezarse con el borde de la cama. Su respiración agitada estremeció una y otra vez ese robusto pecho y marcaba el vaivén con brusquedad mientras observaba alrededor con cólera. Sus ojos ahora negros, oscilaban de un lado a otro mientras la oscuridad de sus pupilas cubría la totalidad de los globos oculares. La visión térmica sólo le indicaba marcas rojizas dispersas por la ciudad, nada que le llevase hasta ese molesto sonido.
―Amateurs…―asintió ofuscado para sí mismo mientras retornaba hasta la cama y se lanzaba con todo el peso sobre los edredones, haciendo caer al suelo los cojines que adornaban la cabecera.
―¿Un café? ― resonó la voz aguda y sensual de Lissa, que tras la puerta cerrada, apoyaba sus caderas contorneadas y sin mucha vestimenta.
Los ojos de Zack perdieron de inmediato el negro rabioso que los había tintado un momento atrás. Todo cuanto alcanzó a pensar fue en el calor rebosante de Lissa que podía verse por detrás de la puerta. Un alimento sencillo de digerir y con múltiples puntos de circulación. Pero el saldo compasivo de su carácter le hizo retenerse. ¿Por qué venir hasta aquí solo para distraer la vista? En Algún momento el muchacho desnudo y poco agraciado tenía que marcharse. Algo que sin lugar a dudas, se tomaría la molestia de esperar. No había ya restricciones, sólo debía asegurarse la renta adelantando el pago varios meses y no les quedaría más que dejarle alojar por el tiempo acordado. No tenía ningún miedo de causar problemas, claro. Pero aquella amedrentadora manera de menearse la humanidad ante sus ojos analíticos le sabía a paraíso.
Abrió la puerta con lentitud sintiendo en la manilla el calor proveniente de la carne de Lissa, entrecerró sus ojos para dejar el libre albedrio a su tacto. El pecho vigoroso volvía a agitarse candente y hambriento. Lissa sostenía un tazón con café humeante mientras acomodaba una servilleta por debajo del borde. Para cuando Zack hubo abierto la puerta la silueta rojiza de Lissa le esperaba sonriente.
―¡Wow!, ¿lentes de contacto? ―vociferó Lissa al ver directo a esas dos pupilas de un negro intenso como el petróleo, su postura se debilitó al instante con tan solo hacer contacto su mirada con la del recién llegado.
―¿Qué te hace pensar eso? ― murmuró Zack con esa grave voz mientras tomaba la taza de café y llevaba el borde hasta sus labios de carne rosada oscura.
―Bueno, nunca había visto unos ojos tan negros. ― aclaró Lissa sin ánimos de coquetear, y llevó sus brazos hasta detrás de su cintura, luciendo infantil e inocente. Claro, sólo en apariencia.
―Que nunca los hayas visto no significa que sean ficticios, y de hecho…me sirven para verte mejor. ― ironizó Zack marcando una sonrisa leve y sarcástica en su rostro de porcelana. ― ¿No deberías atender a tu novio? Puede malinterpretarse que me traigas tan delicioso brebaje directamente a mi lecho. ― insinuó nuevamente clavando aquella intimidatoria mirada sobre la carne rojiza de Lissa, notando con total precisión el flujo en alta temperatura que circulaba sobre su pecho y entre sus piernas. Con aquel bien implementado uso del vocabulario y sin restar potencia al contacto visual, conectaba de tal manera su hambre con el miedo de Lissa que podía oler con perfecta nitidez el ácido de su cobardía.

―Espero que te haya gustado el dormitorio. ― Lissa cambió de tema rápidamente antes de verse sometida a una especie de seducción psicópata a la que no estaba precisamente acostumbrada, ya que si algún cretino se atrevía a molestarla, ahí estaba su padre para defenderla, pero este exótico forastero no parecía ser amedrentado por ninguna cosa.
―Está bien. No necesito tanto espacio, pero me gusta. ―aclaró Zack desviando la mirada hacia los pies de Lissa que yacían desnudos pegados al suelo. ― ¿Te gusta sentir al mundo? ― consultó volviendo a clavar el puñal de su mirada sobre el rostro de Lissa.
―No sé qué significa, solo que acabo de levantarme y acostumbro a ir descalza hasta el almuerzo. ― la respuesta escueta de Lissa dibujó extrañeza en el rostro de Zack, que volviendo la vista hacia el suelo observó sus propios pies y levantó con simpatía ambos dedos pulgares.
―Tienes unos pies muy normales, a pesar de venir descalzo desde…la calle. ― recalcó Lissa con la tranquilidad ya recobrada.
―No es muy higiénico, estabas en lo cierto si de niña pensabas que los pies se gastaban. ― Zack llevó su taladradora mirada hasta atravesar la de Lissa como una flecha, algo a lo que ella respondió sonriente e ignorante, dándole sentido a una broma que creía novedosamente creíble.
Lissa se marchó sin dejar de carcajear a lo largo del pasillo, su risa débilmente se fue perdiendo hasta no ser más que una vibración amable en los oídos de Zack, que cerró la puerta con doble llave mientras bebía del cálido café y caminaba hasta el balcón dejando en el suelo a su paso la muda de la piel vieja de sus pies.



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