PARTE 2
SABRAEL Y BARADIEL
CAPÍTULO 4
Fue hace muchos años que la
necesidad despiadada de expiación incitó a los guías del mundo a enviar a sus
misioneros. Serían ellos los encargados de socorrer a quienes aún podían ser
salvados.
Yo fui elegida entre
millones de ellos, pero no fue mi belleza, ni mi inteligencia. No fue mi
audacia, ni mi potencial. Fueron mis pecados. Ellos me hicieron esclava de
esta, mi redención.
Por una calle ancha y muy
forestada, dos filas de arboles me guiaron hasta la casa doce. El sol pegaba
pesado desde su cenit. En la puerta pendía un cartel de madera tallada con el
número y el apellido de la familia Peaches. La casona era de caoba gastado y
marcos en color blanco.
Dentro del pecho, mi músculo
cardiaco nuevo se movía de forma desagradable. Cómo una alarma. Un empujón más
y me lo habría sacado del pecho con mi propia mano.
Una escuálida locataria se
asomó por la puerta que chilló al abrirse. Llevaba el cabello liso y anaranjado
pendiendo hasta la cintura y su cuerpo ceñido en un romántico vestido beige.
-¿Qué anda buscando?-la
mujer se limpió las manos en una pañoleta vieja que llevaba colgando en la
cintura.
-Busco a Felicia. Ella me
necesita.-le aseguré.
-¿Usted es la profesora de
francés?
-Seguro.
Yo desconocía a la dueña de
aquel ensoñador nombre, sólo sabía que era mi deber acudir. Podía ser una
anciana, o un bebé.
-Pase. Yo soy Amanda
Peaches. -me invitó. -Ahí está la niña.
Junto a un televisor y
sentada con las piernas formando un rombo, me miró atenta la mirada de Felicia.
No parecía tener más de doce años, mi corazón angustiado se remeció aferrándose
a las costillas y suspiré. No sé que sentí, no existía la posibilidad de
aclarar mis emociones, además de que eran nuevas. La niña lucía tan inocente e
ignorante, ¿por qué no dejarla en los brazos de su madre?
Caminé hacia ella y se puso
de pie con una ancha sonrisa. Dejó sus manos cruzadas en la espalda y tragó
saliva antes de dirigirse a mí.
-Yo soy Felicia, tengo once
años. Mi papá quiere que aprenda francés, es que en la escuela no entiendo.
Mi suposición fue correcta, y caí de rodillas ante su tierna mirada. Mis
ojos estaban ahora más abajo que los suyos.
-Yo te haré saber.-le
susurré.- Y cuando hayas aprendido, ya no habrá nada de qué preocuparse.
Sus labios marcaron una
sonrisa de alivio, y miró a su madre en busca de consejo.
-¿Por qué no invitas a…?- la
madre hizo una pausa breve.- No nos has dicho tu nombre.
- Sabrael. Me llamo
Sabrael.-le dije.
-Qué hermoso, hay un
arcángel con ese nombre.
-Así es.- Con los ojos
humedecidos…asentí.
-Invita a Sabrael a su
pieza, Felicia. Muéstrale la tuya también, y tus libros.
En el hogar no había mucho
espacio, y mi habitación era asimétrica. Un aroma a canela brotaba desde la
cocina durante el atardecer. La niña
caminaba un par de pasos delante de mí y dejaba una estela de su perfume
herbal.
-Esta es mi pieza, y esos
son los libros de la escuela, y esos mis cuadernos y esta mi repisa.-explicóme
Felicia en un divertido hilo de voz.- Ah, y este es mi papá. –me señaló una
fotografía enmarcada por ella misma, que encerraba a un señor de cuerpo delgado
y de piel hermosamente oscura. Con ojos azabache, sosteniendo en sus manos algo
similar a un diploma. La sonrisa blanca resaltaba en su rostro moreno. –Está trabajando,
y llega luego de traer a mi hermana de la escuela. Ella también tendrá una
maestra estatal como tú. Pero ella está mal en ciencias. ¿Tú sabes ciencias?
-No más de lo que un libro
de tu repisa podría enseñarme.- consentí agraciada y le robé una sonrisa.- Pero
una muy buena amiga mía sabe. Quizá ella sea la maestra de tu hermanita.
-¿Cómo se llama tu amiga?
-Baradiel.
-Yo no sé cómo se llama, mi papá
sabe. Pero si es tu amiga, me gustaría que fuera ella.
-Te aseguro que será lo
mejor para ustedes dos.-prometí tomándola del mentón y tragándome la saliva
amarga que se juntaba en el orificio de la garganta.
Entonces sólo quedaba
esperar.
La noche de dejó caer con
calma y se tomó su tiempo antes de ensombrecer mi cuarto. Era una sala con una desproporcionada
esquina, una cama ancha y acogedora y un velador cubierto por el haz de luz de
una lámpara de mimbre. Un estante de libros sobre romance, historia y religión se
lucía disimulando la esquina imperfecta.
Un armario casero tenía pegada una nota que ponía: “Ojalá quepan todas
tus cosas, avísanos si necesitas algo. Amanda.” ¿En qué clase de casa se dejan
notas diciendo lo que podría contarse directamente? Colgué mis pocas prendas en
el armario y sobró espacio para más.
Puse el seguro a mi puerta y
dejé el armario ante ella. Hacer fuerza hacía que mi corazón se volviera loco,
era muy desagradable sentirle bombeando. Aunque vivificante, ya casi había
olvidado lo que se sentía. El frío en la piel al contacto con el metal, el
hambre y la sed. La angustia por ver que mi objetivo era una niña tan pequeña.
Extrañaba a mi Rey. Porque con los pies en la tierra me era tan difícil sentir
su presencia.
No sabía de cuánto tiempo
disponía, pero no importaba. Las clases de Felicia empezarían en la mañana,
después del desayuno. Yo no traía libros, ni cuadernos. Sólo venía yo con mi
mandato. Y sólo ellos podrían
disponer del momento adecuado.
Me puse en cuclillas
en la esquina contigua a la cama y sostuve mis rodillas flectadas con mis
manos. La espalda se me trisaba de dolor y el corazón se me iba desintegrando. Baradiel
estaba por llegar.
**************************************************
No hay comentarios:
Publicar un comentario