PARTE I
CAPÍTULO 3
Zack desde un rincón apacible de su mente ladeó la mirada hasta desvanecerla en el horizonte que dibujaba el ovalado balcón, el sonido desde el otro lado de la línea se enmudeció ante su condescendencia.
-Estaría todo resuelto así.- murmuró para sí mismo en un desvanecido aliento.- Estaría todo resuelto al fin. -Quitó desde su cuerpo la incómoda remera y desplegando las alas recién formadas, alzó el vuelo a través del marco del ventanal.
El sufrimiento en la corta y cruda mutación tenía al final un valor inimaginable, donde el siniestro rostro de Zack mostraba aquella placentera sonrisa, al encontrarse nuevamente con el origen de su especie.
De un solo impulso se halló a cincuenta metros de la azotea del edificio, con la mirada siempre hacia arriba y los ojos negros por completo, con las manos en desuso podía palpar la humedad del aire roseando oleadas frías sobre su pecho y su rostro, el aroma salado del aire casi espacial le devolvía la pureza de los milenios pasados.
Desde las alturas inhumanas de la soledad del cielo el cuerpo blanquecino y enlozado de Zack planeaba con cierta inexperiencia por sobre la nubosidad de Santiago.
Los rascacielos y sus azoteas no alcanzaban a verse con nitidez, al tiempo en que su torso acariciaba la espumosidad de la tarde nublada y los rayos punzantes del sol, que no hacían más que reflejarse en su superficie de loza. Las aves no le superaban ni en altura ni en belleza, mientras que su piel despedía el brillo original de su cuerpo argénteo, con la viveza de un águila arpía y los ojos de un tiburón, recorrió el cielo santiaguino saboreando la dulzura de la libertad.
-¿Qué?- vociferó Elroy al salir desde la cocina y encontrarse con la silueta cansada de Zack entrando por la puerta, sin antes haberle visto salir.- Hey, eres rápido.
-Bajé por la escalera de emergencias.- aclaró Zack con total calma y se internó en el pasillo sin prestarle más atención.
-¡Está a cinco metros del balcón, bro!- exclamó Elroy aún mas atontado.
-No me digas.-susurró Zack antes de cerrar la puerta de su cuarto y ponerle triple llave.
-¿Qué te pasa ahora, Elroy?- atendió Lissa al salir desde su cuarto, envuelto su cuerpo con una toalla.- ¿No puedes dejar al mundo ni siquiera cagar en paz?
-Es que él no estaba cagando, Lissa, el saltó por el balcón hasta la escalera de emergencia.- los ojos expandidos del pobre Elroy se pegaron en la puerta del cuarto de Zack.- El…sal-tó.
-Lo que sucede es que tú eres un inútil, que no puede siquiera cerrar la boca mientras se masturba.
-Nadie la cierra, Lissa. Es como un trance, no puedes esperar que piense en algo en ese momento, la mente se borra.- la lamentable madurez de Elroy le daba a Lissa razones para desear con ansias su partida de este mundo, lo que al mismo tiempo le amenazaba con una reprochable soltería.
-¿Y entonces para que era la foto de esa chica?
-No seas complicada, era el ambiente, así como un deco-mural.
Al tiempo en que la disputa había relegado a la agilidad de Zack y le hubo reemplazado por las rutinas sexuales de Elroy, el reloj avanzaba en el apartamento y el cielo totalmente cubierto brindaba aquel lozano deseo por oscuridad. Cada parqué se tiñó de lobreguez al momento de sonar el timbre.
-Tu ve.- ordenó Lissa.
-Tú estás más cerca.- reclamó Elroy mientras acomodaba con burla el bulto entre sus piernas.
-¿Quieres que atienda así? ¿Eres así de puto?- la figura contorneada, húmeda y para nada virginal de Lissa desapareció por la puerta de su cuarto y tras el golpe de la madera el timbre insistió en su sonar.
El pobre Elroy, sin dejar de acunar a su camarada con la mano se acercó a la puerta divisando por la ranura inferior de la puerta la sombra de un par de pies, que al deslizarla hacia atrás dejó ver el contorno gótico y sensual de un hombre no muy diferente a Zack, y no muy parecido al resto del mundo.
Aún más alto que el inusual inquilino y con un par de ojos rosa bermejo en el frontis de su pálido rostro dejaron al pobre Elroy sin siquiera su limitado lenguaje. El macho de casi dos metros permaneció inexpresivo ante la perplejidad y casi estupidez del propietario en ropa interior. Llevaba una chaqueta de cuero negra que dejaba ver más abajo una remera de un rojo punzón, con jeans negros y para la novedad, sin zapatos. El cabello se ceñía corto en la cabeza del visitante aún inexpresivo y pintado de un rubio cegador.
-Mi nombre es Jofiel, ¿puedes llamar a Zack y decirle que he venido?- se anunció con voz ronca y sin moverse de su lugar.
Elroy quitando la entumecida mano desde la entrepierna le indicó la sala principal y el forastero, aún más extraño que Zack, caminó sin dejar de mirarlo a los ojos hasta la alfombra que se centraba en aquella estancia. Caminó con torpeza hasta detenerse con un gesto fácilmente confundible con la de un borracho y observó al que hacía llamarse Jofiel desde los pies hasta la cabeza mientras soltaba el aire que marcaba su lamentable vientre.
-¿No vas a buscarlo por mí?- quiso saber Jofiel, mientras observaba a Elroy con un gesto menos amistoso que hace un rato.- ¿Te has desprogramado? Suelo causar ese efecto. Ahora, llámale, por favor.- insistió Jofiel tornando el tono bermejo de sus ojos a un gris opaco y sombrío, mientras el zopenco de Elroy retrocedía hasta el mostrador y echaba unos vasos al suelo con su estúpido trasero. ¿Podia distinguirse entre asombro y memez en las caras de Elroy? Difícilmente, si ni siquiera Lissa apareció ante el sonido de los vasos reventando en el suelo.
Elroy calló, porque no podía hacer otra cosa más que chuparse el dedo o simplemente cerrar el pico. Más aún si una situación como esa estaba sucediendo realmente. Los cristales dispersos por el suelo dibujaron las marcas rojas de sus pies astillados.
-¿Entonces, Zack es igual a ti?-balbuceó Elroy con aquella estúpida mirada a la que nadie pudo jamás acostumbrarse.
-¡No hay nadie como yo!- vociferó prepotente el hombre de ojos grises y voz ronca.
-¡No te ofendas, compadre! Es que él es igual de freak…o peor, incluso. Uno no acostumbra a ver gente así en la calle, quizás en un callejón de punkies, pero no en las calles. Ni en mi apartamento.- concluyó Elroy con molestia.
-Llámalo, por favor.-insistió con amargura Jofiel mientras observaba los cristales dispersos.
-Está en esa habitación, hace poco regresó. – le indicaba Elroy con nula habilidad y observaba en la espalda de Jofiel un bulto absurdo y poco atractivo, pero sin importarle demasiado, cerró la puerta, tomó la escoba y eructó.
La babosa relación entre el inquilino, sus costumbres- entiéndase por costumbres al comportamiento alienígena según el pobre Elroy- y la extraordinaria habilidad para atraer la atención sin hacer el más mínimo esfuerzo, ya habían bloqueado el cerebro del muchacho antes de que alcanzara a percatarse de ello. Lissa, por su parte, llevando dolorosamente el peso de sus gomas, difícilmente iba a notar algo extraño en cualquier habitante del planeta, mientras su pequeño y apelmazado cerebro no le mostrase más que un metro por delante de sus senos.
Al tiempo en que hubo secado y alisado su cabello, Lissa de un saltó se integró sonriente en la sala de estar, quedando ante la silueta perezosa de Elroy barriendo los cristales.
-¿Quién era?
-Un amigo de Zack.- asintió Elroy sin dejar de barrer.- Aunque no lo tengo muy claro.
-Difícil que tengas las cosas claras, Elroy. Para eso debes aprender a pensar.
-¿Por qué tengo la sensación de que cada día eres más perra?
-Eso es porque cada día que pasa tú eres más animal. Y los animales buscan a sus parejas para vivir apareándose, Elroy.
-Buenas tardes.-se incorporó con gracia la sensual y robusta silueta de Jofiel ante la mirada perpleja y candente de Lissa.- Nos preguntábamos si se les apetecía un paseo.- concluyó el sonar subterráneo de su voz al tiempo que la sala de estar se inundaba con el plumaje espeso de sus alas.
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