PARTE I
CAPÍTULO 2
¿Cuál pedazo de la mezcla líquida con cafeína era el más aciago? ¿La física llamada café o la ignorancia absurda y comprensible de Lissa? ¿Puede alguien sin intención producir tan sazonado efecto? No se pensaba tan solo en su pobre inocencia, si no la inevitable visualización de su cara virtualmente empapada de ese miedo húmedo que te cierra los poros y te hace mover como animal acorralado por las puntas execrables de la caza. Ahí podía verse ella, en una esquina de su propio cuadrante de terror, con la piel mojada de todo ese miedo agotador, detrás de la pared que entablaban sus frases ridículas y sin contenido, saborear el martirio de un inocente es fácil. Cuando puede culparse a su inutilidad en el mundo.
Nuevamente esa capa renegrida de moho nocturno cubría los ojos de Zack, que con los labios adheridos al borde del tazón inhalaba tranquilo y sosegado el futuro lamentable de la especie que le alojaba. Riendo al mismo tiempo de maquinar de tanto aburrimiento esa incoherente maqueta.
Las manchas rojas de aquella alfombra de temperaturas le brindaban un coctel eterno de hambruna, que sació con el tazón de café, que al llevar con ansias para volver a saborearlo con ese breve saldo de humanidad, descubrió ya terminado. Y el concho frio en el fondo de la circunferencia no sirvió de consuelo. No había más que un mosaico en la totalidad de su panorama, donde a lo lejos se olía con suavidad el perfume fastidioso y genital del pobre Elroy. El cambio en los matices de su hedor ridículo acabaron por fastidiarle y sin ningún segundo de intensa meditación limpió del piso la muda de su piel recién migrada y la envolvió en un trozo de tela que sacó de la remera que llevaba puesta. Con cierta ironía observó alrededor de sus pies las capas translucidas de esa película fría y reseca, que se movía con la brisa calma que entraba por el balcón.
Levantó con delicadeza una de las hojas secas de su piel y la levantó hasta ponerla frente a su ávida y negra mirada. Cómo aquel sádico que huele con claridad el aroma impregnado en la ropa de los transeúntes. Miró al trozo de pellejo débil y yerto como si le desagradara en demasía, sin importar que en un momento haya sido suyo.
-Debería estar mermando.- masculló para sí mismo con aire de impotencia. Y nuevamente el brillo casi normal del trazo blanco de sus ojos tiznó el globo hasta volverlo admirable.- ¿Por qué no sembrarles árboles?- E hinchando el pecho ahora semi visible tras el agujero de la remera, sopló ronco y ágil, echando a volar el fragmento de piel a través de la ventana, que en un breve disimulo se transformó en parte del indispensable oxígeno.
Tomó desde el suelo el trozo de ropa conteniendo con delicadeza la dermis mudada, y la lanzó hacia el vacio del balcón viéndoles desaparecer como diminutas explosiones de polvo y aire.
Cómo si el diablo tocara a su puerta, Zack entornó los ojos y gruñó con la visión otra vez renegrida. Torció su espalda hacia atrás, se dejó caer en la cama soportando un aparente dolor tan intenso como el pensamiento, y su mente se retorcía con él. Su rostro de pronto mutó a un tono bermejo tornasolado que expelía vapor a través de sus poros. Tomó con fiereza desde el suelo y como le fue posible, uno de los grandes almohadones, que presionó con fuerza sobre su pecho y en posición fetal, descargó su padecer en bestiales bramidos que se escondieron en las plumas del cojín. Entre los gruñidos guturales de su naturaleza y la potencia extraordinaria de su trastorno ahora colosal, soltaba con la respiración contenida, la resistencia ante la fuerza del dolor.
La ingeniería en aquel martirio demostraba la relevancia del proceso, que ante la insignificancia de la voluntad de alguien, tomaba su sistema nervioso y lo anudaba como un tramo de cuerda delgada, un nudo sobre otro, casi disfrutando la tétrica y desesperada puesta en escena, donde Zack presionaba la volatilidad de la almohada para no desgarrar su propia piel al intentar extraer ese dolor desde su cuerpo. Hubiese deseado el mismísimo infierno, incluso la insoportable concavidad de Lissa, pero en cambio obtenía por prueba la mutación del campo musculoso de su espalda.
-¡No puedes dármelo en un solo día!- se repetía en la mente dirigiéndose con angustia hacia un oyente impalpable. Mientras los crujidos de su formación ósea montaban concierto, como si pisaren sobre una bolsa de huesos- ¡Sabes que no resistiría!- volvía a apelar con severidad y desconsuelo dentro del campo abierto de su raciocinio.
Cómo si la pureza e intensidad de su cobarde suplica hubiere llegado a destino, el ardor eterno entre sus omóplatos cesó. La viscosidad de su piel recién mudada le obligó a desprenderse con lentitud de los ropajes empapados por un aceite acanelado. Permaneció de pie mientras dejaba caer los jeans al suelo y lanzaba la remera destrozaba y destellante hasta el papelero.
Su desnudez perfecta era irónicamente comparada con la de Elroy, su torso delineado por su definida musculatura marcaba el tablero en su abdomen. Una textura de porcelana cubría la totalidad de su especie, con el grosor de sus brazos y la potencia predecible temería cualquiera a ser presionado por su furia, contenido por su avaricia y sometido bajo su dominio. Observó su propio cuerpo expuesto ante la lamentable soledad, y sin ningún trazo azafranado como sus compañeros, se veía a sí mismo como una escultura de concreto.
La visual de sus pies adheridos al suelo era con veracidad, idílica. La forma en que se complementaba el color de su piel con la del revestimiento parecía mimetizarse.
Respiró hondo y calmado, desapareciendo el tono rojizo de su rostro ahora craquelado por el sufrimiento y el oleoso sudor. Caminó serio y acompasado hasta el armario, tomó otra muda de ropa y la escena parecía intacta. Deslizándose la ropa por sobre su piel, lograba la inmolación de su viscosidad y se transformaba en la frialdad de antes, con ese aspecto frio e inmune al paso del tiempo.
Se detuvo frente al espejo con la mirada ruin, el reflejo perfectamente mimetizado tras su vestimenta le otorgaba la normalidad necesaria para salir al menos un rato de esa habitación, que poco a poco se hacía demasiado inmensa. Peinó su cabello ahora intacto con sus dedos y desvió a aquel mechón blanco hacia la derecha.
Tomó el móvil desde la mesa de noche y esperó con calma hasta que la voz grave al otro lado mencionó su nombre con afabilidad.
-¿No llamarías en doce horas?-
-Se suponía que hasta doce horas no sería necesario, pero necesito tu ayuda.
-Déjame pensar, te dio de golpe. Y ahora no sabes cómo disimularlo.- ironizó el varón con tono amargo.
-¿Alguna sugerencia?- masculló Zack descontento y apoyando la frente en la pared.
-No esperarás que sea ahora tu nigromante. Usa la cabeza, o mejor, usa lo que se te ha concedido, no quiero apelar a esa lógica tan terrenal, pero Zack…si quisieras podrías salir volando por la ventana.
**********************